Oaxaca: la fraternidad contra el terror

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Ayer, domingo 19 de junio de 2016, muchos de nosotros festejamos a nuestros papás. Algunos, como el mío, recibieron el festejo a regañadientes, mascullando que no les importan esas cosas. Otros lo habrán celebrado de buena gana. Pero hay al menos ocho familias que no celebraron: en pleno Día del Padre, la Policía Federal disparó con armas largas en contra de un bloqueo carretero y mató a civiles desarmados en Nochixtlán, Oaxaca. Todos ellos hombres, padres o hijos. Es la masacre más descarada desde el caso de los 43 de Ayotzinapa en 2014, pero aquí no cabe duda: aunque el gobierno mintió, el mundo entero supo que el Estado mexicano asesina a su pueblo.   Y el mundo está indignado.

Los medios de comunicación partidarios del régimen repiten una y otra vez que ninguno de los caídos era maestro, como si eso de alguna manera atenuara el crimen del Estado, como si eso no demostrara una vez más que, desde hace varios meses ya, los maestros de la CNTE que marchan en Chiapas y en Oaxaca cuentan con el apoyo de los padres de familia y las comunidades en las que trabajan. Los acompañan en sus marchas, ya no funciona la estrategia oficial de satanizarlos y aislarlos, los pueblos de México marchan hombro con hombro junto a sus maestros, ya no divididos en sectores o gremios, sino unidos por la defensa conjunta de sus derechos comunes.

Este punto es importante, ya que es justamente desde esta unidad (solidaridad, fraternidad, camaradería) de donde emana la verdadera capacidad de resistencia contra el terror. Por desgracia, el domingo pasado no fue la primera vez que los sicarios uniformados (digo, “las fuerzas del orden”) mataron a sus connacionales para imponer la reforma educativa: apenas el diciembre pasado, el profesor David Gemayel Ruiz Estudillo murió en Chiapas mientras defendía la educación pública (el gobierno, en un acto impresionante de cinismo, culpó a sus propios compañeros del crimen), pero, a diferencia de ese caso, hoy la CNTE tiene el apoyo de sus hermanos, su pueblo, porque la historia ha terminado por darle la razón a los maestros disidentes y ha demostrado el verdadero propósito de la reforma: desmantelar la educación pública para después venderla.

Esta reforma, entre otras cosas, le encarga a los padres de familia pagar los costos del mantenimiento de las escuelas “públicas” (¿Cómo, si el gobierno se desentiende de mantenerlas? ), lo cual es un insulto sin vergüenza a las comunidades marginadas del país, ya que ellas siempre han tenido que mantener las escuelas por sí mismas, y ahora la SEP oficialmente se deslinda de su obligación constitucional de proveer educación gratuita. No solo eso, sino que el tan mentado sistema de evaluación docente está diseñado para destruir los derechos laborales del magisterio. Esto es un paso clave para privatizar las escuelas.

La reforma, pues, se ha vuelto indefendible a los ojos de cualquiera que no los tenga cerrados. A pesar de todo su poder y todo su dinero, a pesar de años y años de satanizar a los maestros y de perseguirlos con saña, el gobierno no puede evitar que crezca la solidaridad entre los pueblos.

Desesperados, los ricos y poderosos intentan todo tipo de estrategias (desde desalojos en madrugada para mover a los profes en camiones a lo largo de cientos de kilómetros, hasta imponer un “estado de sitio de facto en la Ciudad de México”, como dijo el EZLN), pero ninguna logra romper la voluntad popular. Por eso ayer perpretraron su atrocidad más grande del año: las ejecuciones extrajudiciales en Nochixtlán, sumadas al uso indiscriminado de gas lacrimógeno contra zonas residenciales en el poblado de Hacienda Blanca.

Muchos se han preguntado: ¿cómo es posible que el gobierno actuara tan descaradamente, si sabe que hoy en día cualquier cosa que haga tendrá eco en internet casi al instante? Aunque nos consuele un poco pensar que a lo mejor simplemente son así de brutos, es mucho más probable que, en realidad, se trate de un acto represivo de alto impacto, un hecho de terrorismo de Estado cuyo propósito es mostrar a gran escala las consecuencias de desobedecer al Poder, y de ahí el inverosímil cinismo con el que se llevó a cabo y los casi desganados intentos por negarlo.

Por eso me parece tan importante recalcar el punto de la solidaridad. Hoy, lunes, gente a lo largo y ancho del país salió a las calles a mostrar su apoyo al heroico pueblo de Oaxaca: en Zacatecas, Sonora, la Ciudad de México, Nuevo León, Michoacán, Guerrero, Chiapas… y, por supuesto, el valiente pero herido pueblo mixteco de Nochixtlán realizó el funeral y homenaje a las víctimas del régimen criminal que se hace llamar gobierno, que se hace llamar legítimo, que tiene el descaro de llamarse república.

La masacre de Nochixtlán está pensada para romper los lazos de solidaridad que han puesto en jaque el proyecto neoliberal del Estado mexicano, pero, por su misma naturaleza, son al mismo tiempo una nueva oportunidad de lucha: aunque el régimen le apuesta a la violencia para quebrantar la unidad, si todos alzamos la voz para rechazar su doctrina sangrienta podemos lograr no solo que fracase en su objetivo sino que, incluso, por su soberbia y falta de humanidad termine por reforzar los mismos lazos que buscaba destruir. El Poder usa el terror para destruir la hermandad, pero resulta que todos nosotros somos capaces de protestar contra él, y en esta protesta encontrarnos, apoyarnos y resistir. Quien no me crea solo tiene que recordar el movimiento en solidaridad con Ayotzinapa de hace dos años. Si entonces estábamos cansados, ¿qué no podremos lograr si volvemos a unirnos, ahora que hemos aprendido tanto?

A propósito, después de la masacre, el pueblo de Nochixtlán volvió a tomar su carretera, así que al final los asesinatos no siriveron de nada y solo debilitaron la posición del gobierno: el crimen no paga, son manotazos de ahogado.

Por la defensa de la educación pública,

Por la liberación de los presos políticos de la CNTE y de todo el país,

Nos faltan 43.

Chihuahua, 20 de junio de 2016.

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