México ¿potencia mundial?

Las personas ricas y poderosas del país se paran ante los micrófonos y las cámaras, escriben columnas de opinión y publican libros. Ponen cara seria, usan palabras largas. Nos dicen que México se convertirá, “en los próximos años”, en algo que se llama potencia mundial. Nunca nos explican bien qué es eso de “potencia mundial”, qué implica, en qué momento decidimos que queríamos ser potencia o desde cuándo eso nos importa. Simplemente declaran que llegaremos a “potencia” y que todos debemos poner de nuestra parte para que esto suceda. Potencia, potencia, potencia. Pareciera que nos quieren convencer a base de hipnosis. Tal parece que nos irá mejor cuando seamos al fin una potencia, pues mucha gente rica asegura que con eso “mejorará la calidad de vida de los mexicanos.”

Ah, pero, antes, tenemos que hacer algunos cambios para llegar a potencia. Unas cuantas reformas estructurales que, nos aseguran, permitirán que el país (¿cuál país? ¿El de quiénes?) se desarrolle y alcance su objetivo (¿por qué?) de convertirse en “potencia mundial”. Estas reformas cambiarán a México y tocarán todos los aspectos de la vida nacional: la política, el trabajo, el sector energético, lo fiscal, la educación, la salud… Parece que los ricos creen que México tal como lo conocemos no puede llegar a potencia y que, para lograrlo, hace falta que cambien muchas cosas.

Ahora que llegaron esos cambios, sucede algo raro: las reformas estructurales no han mejorado las vidas de los mexicanos, sino que, al contrario, en todas partes las empeoran.

La reforma educativa destruye los derechos laborales de los maestros, anula la carrera magisterial, abandona y desfonda la educación pública (como si las escuelas de las regiones pobres no estuvieran ya abandonadas, como si los padres de familia no tuvieran ya que mantenerlas) y configura un estado de cosas que resultaría muy conveniente para quien quisiera privatizar la educación (como ya se ha hecho con las “escuelas de calidad” promovidas por Mexicanos Primero: escuelas administradas por empresas privadas que reciben financiamiento del Estado).

La reforma laboral deshace las conquistas de los trabajadores, legaliza los contratos temporales y de prueba (de “a ver si te damos permiso de hacernos ricos con tu esfuerzo a cambio de una miseria”), legaliza la subcontratación y la paga por horas (que de todos modos sucedían, solo que ahora no tendrán que ocultarlo), anula el derecho a generar antigüedad y el derecho a huelga (la base del poder obrero, que costó ríos de sangre afianzar, se pierde en favor de la “productividad”: el jefe te puede echar a la calle si no alcanzas una cuota que a él se le ocurra, que puede cambiar y a la que nadie regula ni le pone un límite) y todo esto a cambio de unos impresionantes (por míseros) nueve pesos la hora.

La reforma política instituye la reelección (léase: la perpetuación) de los políticos de siempre (ojo: para que se reeligieran o no en base a méritos, primero tendrían que elegirse o no en base a méritos; si todavía no hacen lo último, es difícil que se logre lo primero).

La reforma fiscal exige declaraciones mensuales y desaparece a los pequeños contribuyentes (ante la ley, solamente, puesto que los pequeños propietarios aún existen en la vida real), al mismo tiempo que se le siguen perdonando grandes sumas de dinero (extraordinarias) a los grandes (enormes, millonarios) morosos corporativos. Pareciera que esta reforma existe para empobrecer a los pequeños empresarios, terminar de consolidar a los grandes monopolios y asegurar que no tengan nada de competencia (al contrario: todos esos abarroteros y profesionistas arruinados tendrán que volverse asalariados; perderán su patrimonio para que los explote su viejo competidor). No olvidemos, claro, que con el aumento del IVA y del IEPS ahora es más caro simplemente existir para los trabajadores, así que a todos nos viene fregando.

La reforma energética venderá (ya está vendiendo) nuestro petróleo. Más allá de los eslóganes nacionalistas románticos, la cuestión práctica es que el dinero de las rentas petroleras financió las instituciones que comportaron el estado de bienestar mexicano. Naturalmente, conforme ese dinero deje de llegar al erario, habrá más carencias en las instituciones públicas. Es entonces que nos podrán decir que “no sirven” y que hay que venderlas: ponerlas en manos de los mismos ricos que conformaron un gobierno para que las estropearan. Además, vale la pena mencionar que con esta reforma será más fácil para el gobierno robarles sus tierras a las comunidades indígenas, que han vivido en ellas desde milenios, para darle todos los recursos que ahí se encuentren a las grandes corporaciones del sector energético, los monopolios imperialistas del Siglo XXI (aunque, en un sentido legal estricto, el petróleo siempre será propiedad de la nación, aún mientras se transporte por vehículos o tuberías del sector privado, esto para que si hay derrames o accidentes sea el gobierno (tus impuestos) el que tenga que pagarlos).

Por último, la reforma de salud. “Seguro Universal”, nos dicen. En vez de que el patrón y el obrero (pero principalmente el patrón: todavía hay justicia en este mundo), junto con el Estado, financien un servicio médico accesible (bajo el alegato ideológico radical de que los trabajadores son más productivos si no están muertos), ahora en vez del IMSS y del ISSSTE tendremos un servicio “Universal” que defraudará universalmente a todos. Este seguro cobrará cuotas exorbitantes en comparación a lo que se paga actualmente, abrirá las puertas de par en par a las aseguradoras (extranjeras algunas, sí, pero muchas también nacionales: no se tiene que ser gringo para lucrar del dolor humano) que endeudarán y empobrecerán a los mexicanos aún más de lo que ya están. El seguro “universal” solo cubrirá enfermedades simples: no cubrirá las enfermedades y condiciones crónicas y degenerativas (muchas de estas enfermedades las contraen los trabajadores mientras se parten la espalda laborando en condiciones inseguras e insalubres, sin protección ni medidas de seguridad suficientes, todo para que el patrón tenga unos centavos más de ganancia). El salario promedio en México es de alrededor de ocho mil pesos al mes y, según la Profeco, vivir un mes consumiendo el tratamiento básico para la diabetes puede costar entre 1,217 y 4,387 pesos, o sea, entre el 15% y el 54% (más de la mitad) de todo lo que gana un mexicano promedio. ¡Pero existe el seguro! Pero ya no va a existir. Tan estructural es esta reforma que transforma la salud en enfermedad, el derecho en lujo y la pobreza en desesperación.

Pero, momento, ¿no se supone que estas reformas eran para convertirnos en “potencia mundial”? Y ¿no se suponía que cuando fuéramos potencia mundial todo sería mejor y viviríamos con más “calidad de vida” porque es que el desarrollo y la inversión y la competitividad y la productividad y su potencia madre? No parece, ¿verdad? Parece que las reformas llevadas a cabo en aras de convertirnos en “potencia mundial” han creado un país completamente hostil para los trabajadores y los pobres, para los campesinos, los desempleados, los ancianos, los maestros, los indígenas, el medio ambiente… ¿Será acaso que eso de “potencia mundial” es solo un eufemismo que significa “país donde los ricos son todavía más ricos y los pobres todavía más pobres que ahora”? ¿Será que convertirse en potencia mundial significa algo muy diferente para los ricos de México (que podrán aumentar sus riquezas y aseverar su dominio económico sobre Centroamérica, por ejemplo) que para los pobres (que pagarán más por existir y tendrán menos dinero con qué pagarlo)?

O será acaso que cuando nos dicen que “vamos” a ser potencia mundial nos lo dicen para que nos sintamos orgullosos por un discurso vacío y abstracto y no cuestionemos y critiquemos la realidad inmediata, que sí nos afecta y nos puede costar la vida, no como eso de que si nuestro país es o no es potencia. Pregúntenle a la gente de Ferguson o del lado sur de Chicago si el prestigio e influencia de su país en los asuntos internacionales ha hecho mucho para sacarlos de pobres.

Sea lo que sea, esto de convertirnos en “potencia mundial” nos ha costado muy caro. El presidente dijo que incluso ya somos potencia mundial en el sector automotriz ( ¡ 😀 ! ), pero el Washington Post dice que los trabajadores mexicanos de esa industria trabajan en promedio doce horas al día a cambio de 75 dólares semanales, salario que no ha mejorado a partir del boom automotriz y nuestro devenir en “potencia” ( D: ). Además, el éxodo de la industria automotriz de los Estados Unidos al resto del mundo ha dejado sumido en la miseria a millones de personas a lo largo de una región conocida como “el cinturón de lo oxidado” en el noreste yanqui, ¿realmente hay que celebrar que aquí se maltrata tanto a los obreros que se ha hundido a toda una generación de gringos en la pobreza?

Los obreros automotrices se han querido organizar para solucionar esto, pero la reforma laboral se las pone difícil. Queda claro a estas alturas que el que México se vuelva potencia mundial es algo desigual: el México potencia será un país muy benéfico para los patrones, pero tendrá un espantoso costo humano entre los trabajadores. Que México se convierta en “potencia mundial” para los ricos significará una verdadera masacre de pobres. Una masacre sutil, callada, sin anunciar, maniobra repentina en la guerra civil silenciosa entre los poseedores y los desposeídos, pero no por eso menos real y sangrienta.

Entre más investigamos todo este asunto de que si México será potencia o no y qué se supone que hay que hacer para llegar a serlo, queda más y más claro que a la mayoría de los mexicanos no nos conviene que los ricos y su gobierno lleguen a ser esta potencia y que, por lo tanto, no tenemos por qué ayudar a establecerla, ya que el camino para llegar al estatus de “potencia mundial” pasa por encima de los derechos y las necesidades más básicas de todos lo que no somos ni los millonarios ni los políticos que en realidad son sus sirvientes.

El autor de este texto es un firme creyente de que la gente debe quejarse, opinar, rezongar, criticar… pero que todo esto es inútil si no sirve para motivarnos para actuar, para salir del sillón, el bar, la reunión o el internet y ponernos a trabajar todos juntos para deshacernos de la gente y las instituciones que nos hacen daño y erigir en su lugar un orden nuevo. Hay que organizarnos y luchar (pero luchar de verdad, sin miedo a triunfar ni a tener la razón: miren lo que les pasó a los timoratos de SYRIZA en Grecia) para descarrilar y sabotear todos los proyectos y reformas que nos quieren imponer desde arriba. Hay que arruinar los planes de los ricos antes de que ellos nos arruinen a nosotros. En esto los maestros luchones y aguerridos de la CNTE son un ejemplo. Pero no basta con resistir: también hay que atacar y destruir lo que no nos conviene (no tiene sentido jugar un juego en cuyo diseño nos toca perder) para sobre sus escombros construir un mundo nuevo.

No es que no sea patriota, al contrario: el México “potencia mundial” se me hace una patria muy chiquita para que quepamos todos.

En lugar de permitir que los millonarios sean los que decidan si seremos potencia o no y qué tipo de potencia seremos, nosotros (que somos mayoría, que hacemos todo el trabajo y mantenemos a todos los ricotes) deberíamos cuestionar su proyecto, rechazarlo y crear el nuestro: luchemos por ser una potencia popular, orientada a ayudar a las personas y no a las empresas, dirigida por los obreros y los campesinos, por la gente que sí trabaja (si te preocupa mantener holgazanes, pregúntate cuántos metros de cableado ha instalado Carlos Slim o cuántos metros de túnel ha cavado Germán Larrea). Si unos cuantos le pueden imponer su codicia al resto de la población, por supuesto que la mayoría le puede imponer sus necesidades a un puñado de ricos. En lugar de enorgullecernos porque Bimbo, Maseca, Cementos, América Móvil y etcétera exporten capital a otros países y se aprovechen del trabajo de nuestros hermanos centroamericanos, pensemos mejor en cómo podríamos ayudarlos mediante el poder conjunto del pueblo organizado (o qué, ¿en serio te quejas de que el gringo te discrimine pero con los guatemaltecos te crees bien blanco?).

¿Para qué queremos ser una potencia mundial capitalista, si para llegar a serla hay que implementar todas estas reformas que destruyen nuestra calidad de vida y que nos hunden cada vez más en el fondo? Seamos mejor una potencia popular, social, humana, que no exporte dolor y miseria sino salvación y alegría, responsable para con sus vecinos empobrecidos. Luchemos por detener y resarcir el daño causado por el imperialismo, en vez de enorgullecernos por comportarnos como uno.

Nos dicen que llegaremos a ser potencia mundial, y que esto requiere aplicar las reformas, porque el poderío para los ricos significa que ellos ganen más dinero. Tengamos el atrevimiento (¡la soberbia!) de imaginar un país en el que el prestigio nacional no se mida por qué tanta riqueza producimos para el 1% más rico de la población mundial, sino por qué tan bien la distribuimos entre el 99% que sufre y trabaja.

Si convertirnos en potencia mundial significa mutilarnos y morir para que los oligarcas de toda la vida lucren con el dolor de nuestras familias, entonces no, por supuesto que no hay que colaborar para volvernos potencia. Al contrario, el más básico instinto de supervivencia nos exige que luchemos unidos para detener, deshacer y destruir este sistema de muerte, que al mismo tiempo que dice ser indestructible nos exige con todas sus fuerzas que lo ayudemos a sobrevivir.

Unámonos para que le vaya bien a México, pero al México de los que trabajan, no al de los patrones, porque a mí se me hace que los mexicanos no queremos ir y dominar a nadie: queremos vivir en paz, trabajar honestamente, decidir nuestros asuntos y, sobre todo, ser libres del miedo de que nos vayan a despedir o echar a la calle sin nada; en otras palabras, solo queremos vivir con dignidad.

Viva México

Y muera el mal gobierno.

Fuentes y lecturas complementarias por tema.

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