Reflexiones sobre la muerte de una cucaracha

Después de bañarme crucé el pasillo para ir a la cocina y perder tiempo en la computadora. Andaba en ropa interior. Mi gato, un siamés ruidoso, no dejaba de maullar. Creo que me estaba regañando (y tendría razón en hacerlo). Pasó un rato, aprendí muchas cosas que no sirven de nada. Decidí pasar a mi cuarto a vestirme. Entonces la vi: una cucaracha, aburrida de merodear por los confusos recuerdos de mi infancia, de vuelta en toda su gloria café, brillosa y escurridiza a mitad del pasillo, sobre una loza cerca de la puerta del baño. Siempre que las veo siento que tienen demasiadas patas, las tengo que observar un rato para convencerme de que tiene sentido el diseño.

Al principio no quise lidiar con ella. No, qué asco. A lo mejor si la rodeo al rato se va. Al fin y al cabo, no puedo encargarme de todos los bichos del mundo, tengo cosas que hacer con mi vida, soy relativamente importante. Inmediatamente me arrepentí de pensar esas cosas. No, soy la única persona en la casa en este momento. Más que eso, soy el hombre: a mí me confiaron cuidar el hogar, protegerlo, es mi responsabilidad destruir esta plaga antes de que se reproduzca y se vuelva incontrolable. Debo cumplir mi deber como hijo, hermano y ser humano. Debo acabar con la bestia.

En eso maulló mi gato. Caminó hasta mis pies. Volteé a ver sus grandes ojos suplicantes, como de que quieren algo (el pobre siempre quiere caricias, sirve que desahogo mi ternura). Es cierto, pensé, tengo un gato. Excelente, dije para mis adentros, él puede hacerse cargo de esto mientras me visto. Perfecto, consideré, finalmente servirá de algo (aparte de recibir cariño, por supuesto; es un gato muy bonito y tiernito y modosito). Lo agarré del vientre, exhaló una débil queja y lo puse junto a la cucaracha, la cual no se había movido en todo este rato. Cómetela, Federico, ataca. Él solo me miró y volvió a maullar. Maldita sea, olvidé que estás bien tonto. Lo volví a tomar de los costados y lo empujé hacia la cucaracha. Muérdela. Pero él no entendía ni dejaba de mirarme. Sí, tontísimo.

Yo estaba descalzo, no quería pisarla con mi planta desnuda (¿qué tal si se me subía?), así que tomé mi huarache y me acerqué a la intrusa, la cual apenas movía sus antenas, seguramente irritada con el espectáculo que presenté. Mi gato volvió a maullar. Ah, por supuesto, no tengo por qué hacer esto: si golpeo el suelo con el huarache la cucaracha saldrá espantada, lo que emocionará a mi gato y lo inspirará a perseguirla. Qué alivio, pensé que tendría que matarla yo mismo. Me acerqué cuidadosamente (¿Y si se me sube, querido lector? ¿¿Y si se me sube??), levanté el sencillo pero elegante huarache de cuero café claro sobre mi cabeza y le dejé caer con fuerza sobre el suelo. Bueno, al último segundo lo frené un poco porque capaz que dañaba la loza, uno nunca sabe. El punto es que el insecto se asustó y huyó veloz hacia la puerta del baño. Ahí está, cázala. Federico solo me mira, ahora sentado. Ni se enteró que la cucaracha se movió ni le importó que azotara mi huarache contra el suelo. Gato inútil.

La invasora se detuvo bajo la puerta del baño. Fantástico, el pequeño monstruo ese no cabe. La capacidad especial de las cucarachas para deslizarse debajo de cualquier puerta me perturbó desde pequeño, pero esta parecía demasiado gorda (y, a decir verdad, demasiado tonta) como para lograr tal proeza. Suspiré. Miré a mi gato que descansaba a un metro del enemigo y volví a suspirar. Ni modo, nadie podía reemplazarme en mis funciones, ni siquiera Federico el siamés bonito. Tendría que cumplir. La plaga se había colocado (¿Estratégica y conscientemente?) en una esquina, entre la puerta y la pared, donde mi sandalia demasiado grande no la alcanzaba. De nuevo habría de recurrir a tácticas de guerra irregular y psicológica para posicionar al adversario en un lugar a campo abierto donde pudiera aplastarlo con facilidad. Creo que algo así viene en Sun Tzu. Probablemente.

De nuevo golpeo el suelo con el huarache, de nuevo me acobardo al final para no dañarlo ni ir a darle a la puerta, de nuevo me sale mal la maniobra. Resulta que todos los demonios de su clase tienen la habilidad de pasar bajo las puertas sin importar su tamaño, lo que este no tuvo ningún recato en demostrar. Increíble. Ahora por jugar tanto había convertido algo simple en un problema mayor, pero no me podía rendir: el orgullo de la raza humana, de toda nuestra cultura y nuestra ciencia, estaba en juego. No tenía que terminar por mí, querido lector, ni siquiera por mi familia, mi gato o mi casa: tenía que terminar por nosotros, por todo lo que hemos logrado como especie. Mis ancestros africanos no migraron y poblaron el resto del mundo para que me achicara frente al peligro, algún cavernícola superdotado no inventó la rueda para que yo no pudiera liquidar un escarabajote y Pancho Villa no atacó Columbus para que me detuviera ante algo tan pequeño. La cacería continúa.

Pero ¿qué tal si se me subía? El bicho estaba detrás de la puerta, podía estar en cualquier lugar del baño, listo para tomar mi pierna por asalto. Aprovechó mi ataque para tenderme una emboscada, me hizo creer que era incapaz de usar su mejor arma. De seguro leyó a Sun Tzu.

No, debía ser cuidadoso. Abrí lentamente la puerta. El tapete, por supuesto. Está húmedo y un poco arrugado, el escondite perfecto. Metí mi brazo lentamente, listo para sacarlo al instante en caso de ataque. Tomé una esquina levantada de la puntita. Levanté y aventé el tapete por los aires en un rápido y majestuoso gesto teatral sin sentido. Tal vez esperaba que, sorprendida, la cucaracha mirara arriba hacia el refugio del que mi fuerza la despojaba, las patas abiertas en una expresión de angustia, desesperación y miedo. Pero no fue así. Lo único que conseguí fue que el tapete aterrizara en el lavabo y tumbara los cepillos de dientes y el jabón y los regara en todas partes. El blanco no estaba ahí.

Revisé el baño. La encontré guarecida debajo y detrás del escusado. Inmóvil, cómoda en la humedad y la oscuridad, descansando. Ahí no era seguro que pudiera aplastarla sin fallar. Si la espantaba ahora la perdería para siempre. Una última vez, mi gato tenía que redimirse. Buscarlo (¿te acercaste al baño y no me ayudaste?), tomarlo, levantarlo, acercarlo, cómetela, no, no miau, que te la comas, no me mires así, coopera. Esta vez el gato cometió la grosería de detenerse en el suelo con las patas delanteras, todo con tal de no acercarse siquiera a la cucaracha. Imperdonable. Sí, vete. No te quiero (en realidad todavía lo quería, solo estaba enojado).

Sin Federico, solo quedamos la cucaracha y yo. La plaga en potencia. La bestia que había venido a perturbar la paz de mi hogar. La que me había robado unos diez o veinte minutos de mi vida, minutos que podía haber invertido en leer sobre la nueva Guerra de Irak o sobre los experimentos psicológicos de Facebook o sobre cualquier otra cosa que a nadie le importa. No puede ser que no la pueda matar, es solo una cucaracha. No es una bestia, es menos que bestia, es un parásito rastrero, es parte de la basura, el desperdicio es su hogar. Insecto feo, me das asco. Te odio. Yo soy un hombre, tengo civilización y casa y crisis existenciales, tengo opiniones complejas sobre Carlos Fuentes, maldita sea, no me va a ganar una cosa tan ridícula como tú.

Por mí, por nosotros, por Alejandro Manzano que encarna el conjunto de la civilización humana, que solo soy posible en este momento gracias a todo lo que ha pasado, a la obra de todos los que vinieron antes de mí, al sudor y al ingenio de mis ancestros, no los defraudaré. Defenderé el honor de mi especie, porque solo así se defiende el orden y el progreso: la violencia es el instrumento de preservación de la gran empresa histórica que es la humanidad, mediante su uso racional y calculado se mantienen las estructuras que le dan sentido al mundo, con la fuerza se hacen valer los derechos. Destruiré esta cucaracha porque es mi deber, porque con su destrucción protejo a mi sociedad y su destino, porque hacen falta exterminadores desalmados para que existan casas limpias y libres de plagas.

Sabía lo que tenía que hacer. Encerré a Federico en su cuarto, antes mío, para que no lo alcanzara la oscura nube de la voluntad humana. Caminé a la lavandería. Sentí un perverso placer crecer en mí. Abrí el gabinete y busqué entre los detergentes hasta que la encontré: una lata alargada y, en ella, un rayo cae sobre el invasor artrópodo. Sonreí. Yo soy el rayo. Soy el asesino que defiende a los civiles, que resguarda su comunidad refinada y despreocupada. Gracias a mí duermen tranquilos. Volví al baño, el enemigo seguía donde mismo. Apunté el insecticida hacía el foco de la ocupación. Soy el terror necesario. Aplasté el gatillo y solté una nube cónica y dirigida (realmente una maravilla tecnológica; la matanza sofisticada es el punto álgido de nuestra especie) con precisión letal. Así es, plaga. Observa cómo la nube gris de la ley te recubre. Obsérvala y muere.

No sé si esperaba que simplemente se colapsara y muriera al instante, o si pensé que prendería fuego brevemente antes de desaparecer o si habría una explosión con un mensaje de ¡Victoria! como en un videojuego, pero no previne lo que sucedió.

No previne el horror.

No anticipé la manera en la que la cucaracha se daría a la fuga, atontada y desorientada por la atrocidad de guerra química que le cometí. Salió de su escondite de porcelana, caminó dando rodeos. Comencé a dudar de la justicia de mis actos. Se estrelló contra la puerta y caminó restregándose contra el borde hacia el pasillo. Tal vez no soy un héroe. Llegó a las bisagras y se balanceó de un lado a otro. La razón no me acompaña. Se volteó, quedó de espaldas y agitó sus muchas, demasiadas, patas al aire. Esto no está bien. Desesperada. No se lo merecía. Agonizante. ¿Qué he hecho? Moribunda. No hay ningún honor en matar.

La cucaracha pataleaba porque no podía salir de este mundo pero era una tortura seguir en él. Yo le hice esto, mi castigo fue ser el único testigo, tener que ver el resultado de mi orgullo y mi sed de sangre. Al mirarla sufrir, atravesé todo un espectro emocional: satisfacción con mi triunfo, compasión por su agonía, remordimiento por causarla, repudio a mí mismo. Perdí toda expresión en mi rostro, la miraba como un hombre mira un espejo donde lo único que ve reflejado son sus pecados. Su dolor era terrible, pero no podía apartar los ojos: yo lo hice, es mi culpa, si soy tan macho como para matar debo ser tan hombre como para al menos ver lo que hice. Entonces sentí otra cosa: mientras sus delgadas patas revoloteaban por todas partes sobre su rayado vientre, me preocupé por lo que pensé y sentí antes y mientras la mataba. Me dio miedo. ¿Soy un asesino, en serio? Al parecer sí, fui capaz de destruir esta vida, que no por insignificante me salva de culpa sino que al contrario me convierte en un bárbaro de la fuerza desproporcionada. Tuve pensamientos tan feos (e ideológicamente incorrectos: tantos conceptos burgueses… ¿los pensé en broma? ¿Los sentí en broma?), tan espantosos y propios de un psicópata. Sí, en efecto, la cucaracha… ella no dañó a nadie, seguramente entró a comer migajas en el suelo o andaba de basurero en basurero. Yo decidí que no podíamos existir juntos. Yo comencé el conflicto. El animal temible, el horror de pesadilla, el monstruo que destruye la tranquilidad de la convivencia… la bestia se llama Alejandro.

Me sentía tan mal. Esperaba que ella sola se muriera para no tener que pensar más en esto. Pero no lo hizo. Siguió atrapada en su dolor. Qué asco, qué pena. ¿Por qué lo hice? ¿Qué perdía con dejarla pasar? ¿Qué me motivó a destruir esta vida? Traté de recordar. Cierto, es una plaga, se iba a reproducir, iba a ser un problema. Era mi responsabilidad. No un juego, ni un lujo, ni una ventaja. Era un deber sombrío, triste y vergonzoso. No debía disfrutarlo y aquí estaba por qué. Sentí asco, ahora por lo que haría y por lo que hice, no por la cucaracha. Ya no quería tener nada que ver con todo esto, no quería tener que volver a dañar a nada. Sus patas se batían.

Me sentía mal por haberla dañado, pero con la pura bondad y contrición no acabaría con su sufrimiento. Volví a mi propósito, ensombrecido por el espectáculo del dolor ajeno. Tomé el huarache. Con decisión y sin pensar en el piso aplasté al bicho que sufría. Una estela de baba azul explotó hacia el pasillo a partir del punto de impacto. El cuerpo quedó aplastado, roto, pero inmóvil.

Sacaré al gato para que se lo coma. No, tiene veneno. Lo barro y lo saco al patio. Cómetelo, perro. No, es cierto: veneno. Lo tiraré a la calle. Perfecto, está en la banqueta. No, ahí envenenaré a algún animal callejero, de seguro. A la basura, pues, con la tapa cerrada para que no la encuentren. Ahora sí, saco al gato. No, qué fastidio. Tengo que limpiar todo esto.

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