La primera vez que me perdí en la Ciudad de México

La noche del viernes decidí que pasar mi tiempo en el DF encerrado en mi cuarto era muy triste. Decidí solucionar esto llendo al cine. Cine de la UNAM, por supuesto, ya que me queda cerca y es donde estudiaré. Tal vez debí haber ido a Perisur.

Esa misma noche planeé las rutas del Pumabús, el servicio de transporte colectivo gratuito de la UNAM, (tomaría la ruta 5 en Filosofía y Letras, me bajaría en el metro CU, y tomaría la ruta 3 hasta la Sala Nezahualcóyotl) y la función a la que iría. Como la función era a las doce, planeé despertarme a las diez y salir a las once. Me pareció suficiente tiempo para llegar y perderme un rato en lo que encontraba la sala, pero mi reloj interno tenía otros planes, y a eso de las siete de la mañana estaba rodando de un lado a otro de mi cama, completamente despierto y sin nada que hacer. Me levanto y cancelo mis alarmas. Tomo un baño largo y salgo, sin desayunar, a las diez con doce minutos. Recuerdo la hora exacta porque tenía ilusiones de medir el tiempo que me tomaría el viaje. En esos tiempos todavía era inocente y creía que iba a llegar a tiempo para comer como la gente.

Salgo de mi apartamento y camino hacia la facultad de filosofía y letras de UNAM, donde voy a estudiar y que me queda a solo una cuadra. Tengo mucha suerte de haber encontrado tan buen apartamento, está en la misma cuadra que Wal-Mart y a dos cuadras de la estación del metro Copilco. Todo está a la mano de modo que nunca me tenga que perder.

Yo me acabo de mudar de la ciudad de Chihuahua, y las cuando voy a la facultad junto a quienes serán mis colegas, me siento fuera de lugar: forastero, tenso, y profundamente incómodo. Así me sentía cuando llegué a la facultad en la mañana del sábado y fui el único sentado en la parada del Pumabús. Las únicas otras personas en toda la facultad eran unos conserjes que me miraban como si estuviera loco, como preguntándose a quién se le ocurre sentarse a esperar el camión. Pensé que tal vez los camiones no daban servicio los fines de semana, o que todavía no empezaba esta ruta, lo cual era ridículo: yo había revisado los horarios y las rutas la noche anterior, pero soy capaz de convencerme de cualquier cosa cuando tengo miedo.

Después de como diez minutos llega un camión y me subo. Me acomodé en mi asiento, revisé la hora, y admiré el paisaje mientras el camión arrancaba. Solo entonces se me ocurre preguntar en qué ruta me subí. Era la ruta 1, pero daba lo mismo porque todas acaban en el metro CU.

Esta atención al detalle me ayudaría luego a evitar confusión y cansancio.

El Pumabús llegó al metro CU y yo abordé la ruta 3. Este camión andó por zonas tan verdes y tan bonitas, y estaba lleno de gente con conversación tan interestante (de espiar), que se me pasó mi parada y tuve que caminar hasta la Sala Nezahualcóyotl. “Bueno,” pensé, “es solo un ligero accidente, sirve que hago ejercicio por hoy.”

Caminé hasta la sala de cine Julio Bracho, compré mi boleto (40 pesos porque todavía no tengo mi credencial de estudiante) y esperé media hora en lo que abrían la sala. Cuando al fin entré descubrí una sala, amplia, limpia, lujosa y completamente vacía. En esos momentos creía que la película que estaba a punto de ver sería la parte más interesante de mi día, y consideré incluso crear otro blog para reseñarla. La película se llama Leviatán, y es una especie de documental sin narración filmado con pequeñas camaras en un barco pesquero. Esta película incluye una escena de un marinero gordo bañándose, y otra en el que el mismo marinero ve la tele por varios minutos hasta quedarse dormido. Tiene momentos interesantes, pero me pareció que era mucha sala para tan poca película. Se encendieron las luces y me dí cuenta que alguien más había visto la película conmigo. Esto me preocupó un poco, pero me consoló saber que hay otra gente en el DF sin vida social.

Salí de sala con cierta prisa, pues las rutas norteñas del Pumabús, las que me llevarían frente a mi departamento, solo operan hasta las tres de la tarde y ya iban a dar las dos. Aparte de esto, yo tenía que tomar toda otra ruta de camión para llegar hasta el metro CU, donde me subiría al bueno. Por todo esto, naturalmente que debería salir cuanto antes a la parada del autobús, para no ir a perder mi ruta de regreso rápida y segura.

Pero entonces vi el Museo Universitario de Arte Contemporáneo.

“Bueno,” pensé otra vez, “solo pasaré rápidamente a preguntar sus precios de taquilla, y saldré a tiempo de alcanzar la Ruta 5.”

Por desgracia, el acceso a los museos de la UNAM es gratuito durante el periodo de vacaciones, y cuando menos lo supe ya llevaba media hora viendo fotos y video de arte conceptual chicano de los años setentas. Tuve tentación de ver las demás exhibiciones, pero mi estricta disciplina interna no me permitió perder más tiempo. Esta disciplina, junto con mi atención al detalle, evitarían todo tipo de desconciertos más tarde.

Mientras esperaba al Ruta 5, pensaba que tenía tiempo, en realidad, y que tal vez debí haber aprovechado y visto las otras exhibiciones. Al fin y al cabo ya casi acaba el periodo de vacaciones. Por suerte tuve el buen juicio de quedarme en la parada otros diez minutos, hasta que llegó un camión, lo abordé, y lo abandoné frente al metro CU. Ahí hice fila con un grupo de jóvenes terrbilemente cómodos con la vida. Yo me sentía tan incómodo como siempre, y evité acercarme tanto como pude, pues se veían tan felices que se veían capaces de incluso llegar a establecer contacto visual conmigo o, peor aún, hablarme. Después llegó más gente y tuve que acercarme un poco, pero mantuve una postura rígida y la mirada en el horizonte. Entonces vi que el Ruta 3 se acercaba a su parada, y, extrañamente, como yo era el único de mi parada volteando hacia otra parte en ese momento (o sea, el único que no iba conversando con alguien), el chofer del otro camión decidió avisarme a mí, mediante un intenso lenguaje de señas, que el Pumabús de la Ruta 5 ya no iba a dar más vueltas el día de hoy. Mientras abandonaba la fila, me di cuenta que la demás gente seguía platicando entre sí, ignorando por completo las advertencias del chofer. Entonces me dí cuenta muy nítidamente de mi lugar en la vida: la gente sin vida social está por lo mismo más atenta a lo que pasa, y tiene el deber de informar a los demás, que tal vez están demasiado ocupados hablando con amigos y novias para darse cuenta. Sí, deber, pues la labor del inadaptado no es tan diferente de la del superhéroe.

Y así, armado con mi recién adquirido lugar en el universo, le avisé uno por uno a todos los grupitos de gente formada para el camión que el servicio se había suspendido por hoy. Dejé al primer grupo de jóvenes felices al último, pero no cejé en mi deber de dirigirles unas cuantas palabras tartamudeadas entre dientes. Realmente soy un héroe del civismo.

Sin medio de transporte directo a mi facultad, mi única otra opción barata era tomar el metro. La estación de metro CU está al lado de las paradas de los Pumabuses, pero para llegar a ella hay que pasar por un camino empinado lleno de puestos de comida y tiliches. Me gustaría decir que pasé por los puestos sin gastar nada. Me encantaría decir que una señora me gritó “LLEVE LLEVE EL AGUA DE UN LITRO A CINCO PESOS” y que yo caminé de paso sin darle mayor importancia. Me gustaría poder decir que supuse inmediatamente que el agua solo podía ser tan barata si era rellenada de la llave, y que usé mi astucia para evitar una posible catástrofe gastrointestinal más tarde. Me gustaría decir que tomé buenas decisiones y ahorré mi dinero, como en las películas.

Pero la vida no siempre es como en las películas.

En mi departamento tengo dos sopas Maruchan, pero en mi cerebro cargo docenas de advertencias de mi familia sobre el agua de la Ciudad de México. Por lo tanto, decidí ahí mismo que usaría esa agua para prepararme una sopa Maruchan más tarde. También decidí que le tomaría tan solo un traguito para refrescarme en esa caliente mañana de verano. Mi traguito fue enorme, y al revisar el resultado descubrí que lo que restaba no era suficiente para preparar ni una triste cucharada de ningún tipo de pasta. “No importa,” pensé, “cerca de mi casa hay un Wal-Mart. Una vez de regreso paso rápido y compro otro litro de agua.” Esto me recordó que en mi refri tenía una lata de Dr. Pepper sin abrir, e imnediatamente me decidí a tomar esa lata entera, de un trago si era necesario, tan pronto llegara al depa. Con esta nueva motivación, subí las escaleras al metro CU, y atravesé la estructura hasta llegar a la parada. Me sentía nervioso todavía, pues mi incomodidad de novato no se mezcla bien con las grandes multitudes. Bajé en la siguiente parada, y caminé rápido con la seguridad de que mi departamento estaba a solo dos cuadras del metro Copilco.

Hay un momento en la estación del metro Copilco en la que el que sale tiene que decidir: izquierda o derecha. Parece irrelevante, pues cualquier salida que se escoja, uno obviamente puede guiarse hacia su destino con su sentido de la orientación innnato. Obviamente, yo no me preocupé por revisar el mapa, y ciertamente no saqué mi teléfono entre tanta gente. Subí las escaleras del lado derecho, di vuelta a la derecha (mi instinto de orientación indica que el oeste es a la derecha) y comencé a caminar.

Mi departamento está a dos cuadras del metro Copilco, así que no sería ningún problema caminar hasta allá.

Muy pronto me vi envuelto en un mercado callejero, formado por muchas carpas que por alguna razón eran en su mayoría rojas, de modo que quedé atrapado en un río rojo de gente lenta. Por todos lados me asaltaron olores y colores extraños, folklóricos. A mi izquierda vi dos hombres jóvenes tambalearse y abrazarse con cara de intoxicados. Apreté el paso.

Conforme caminé me topé con todo tipo de puestitos. Alrededor de mí había puestos de ropa, películas pirata, carne friendo y montañas de frutas extraterrestres. Después de varios minutos de esto, llegué a temer que el mercado no acabara nunca, o que de alguna manera estos comerciantes hubieran tomado la calle Copilco y no me dejaran ver cuando pasara frente a mi entrada, pero decidí continuar hasta el final del mercado: seguramente una vez ahí vería todo con más claridad. Este mercado me parecía grande, sí, pero todo mundo siempre dice que las distancias en la Ciudad de México son largas, y que uno debe acostumbrarse a caminar mucho para ir de un lado a otro. Si bien todavía me sentía incómodo, en el mercado rebasé a mucha gente y me rocé con casi todos, de modo que para cuando se acabaron las carpas me sentía mucho más deshinibido que al principio, pero de todos modos tenso.

Al final de las carpas nada estaba más claro. La calle se perdía en el horizonte sin ninguna señal de Wal-Mart, la universidad, o mi edificio de apartamentos. Pensándolo ahora, es fascinante como pude ver un horizonte despejado, en lugar del enorme Wal-Mart de Copilco, y pensar “Es que las distancias en México son otras,” Seguí caminando, y caminando. Pasé frente a un Chedraui, luego frente a un puesto de flores donde un policía me siguió en bicicleta por algunos minutos. Había gente en los pórticos y niños en las calles. Aunque el barrio no era feo (ni sería el peor que vería esa tarde), sí pensé que esto descalificaba al Metro como medio de transporte nocturno, pues a pesar de su encanto este no era un barrio por el que quisiera pasar de noche. Eran alrededor de las cuatro. De todos modos revisé mi teléfono, con Google Maps, para estar seguro de seguir el camino correcto. El mapa me mostró que, en efecto, estaba sobre el Eje Sur 10 (como lo declaraban varios anuncios pequeños a lo largo de la calle), pero estaba mucho más lejos de mi departamento que unas simples dos cuadras. Al parecer las distancias eran distintas a lo que creía, y las supuestas “dos cuadras” en realidad eran una larga línea sobre el plano de la ciudad. De todos modos, no estaba tan lejos, y no podía pasarme por la calle con mi teléfono en la mano, así que lo guardé  y seguí mi camino.

No estoy seguro de cuanto tiempo pasó, pero sí se que la calle dio una larga vuelta hasta llegar a un cruce complejo. Esto no parecía correcto, así que revisé de nuevo el GPS de mi teléfono. Google Maps me ubicaba muy lejos de mi apartamento, a mitad de un cruce extraño de muchas calles que venían de no sé dónde. “¡Mugre 3G!” pensé, “¡Es tan inútil que me pone a varios kilómetros al este de donde debería de estar! ¡Qué tonta máquina!” Y seguí caminando.

Imaginen (solo imaginen) mi confusión cuando la calle que debía llevarme derechito a mi departamento de pronto se acaba. Se termina, de repente, en un cruce en forma de T con otra gran calle. Mi reacción, lógica y mesurada, fue comenzar a dar vueltas por el cruce, buscando cualquier indicio de hacia dónde estaba mi departamento. Yo llevo algún rato en la ciudad, verán, y sé que mi apartamento queda cerca de la estación Doctor Gálvez del metrobús. Una de las esquinas del crucero era una gasolinera, con su correspondiente diminuta tiendita de autoservicio. Entré, me dirigí a las aguas frías, y un empleado me detuvo en el camino. “¿Qué se le ofrece?”, me preguntó. Entonces se me ocurrió que llevaba horas caminando bajo el sol, y que tal vez no lucía tan confiable como en la mañana. También estaba muy cansado para fingir cortesía. “Agua,” respondí, “y direcciones.” Lo del agua era para que no me corrieran de la tienda, y también para preparar mi sopa Maruchan más al rato. El empleado me dirigió a la caja para conseguir ambas cosas, donde de paso tiré mi viejo bote de agua a la basura. Pregunté por dónde se llegaba a la estación del metrobús Doctor Galvez. Me figuraba que la estación debía de estar cerca, por supuesto que el señor de la caja iba a saber. Ahora que lo pienso hay que reconocer el conocimiento urbano de ese señor, pues sin pensarlo mucho supo decirme que la parada quedaba por la estación metro Copilco. Imaginen su confusión cuando le dije “Sí, sí, de ahí vengo,” Este prohombre solo me respondió que tomara “el que dice ‘San Ángel'”, aunque nunca especificó el qué, y que ese me dejaría donde quería ir. Yo no tenía fuerzas para conversar, así que pagué mi agua (litro y medio, claramente demasiado), y salí a seguir tanteando. Después de varios minutos de búsqueda inútil, al fin comencé a dudar de mis instintos de orientación. Revisé el mapa, ví que estaba increíblemente lejos, y solo entonces intenté buscar al metro Copilco en Google Maps.

El metro Copilco estaba muy lejos. Hacia el oeste de mí.

A dos cuadras al oeste de él estaba la estrellita que marca mi apartamento.

Más que enojo, mi frustración me causó una profunda tristeza. Ya nada tenía sentido, y solo tras una revelación tan profunda me atreví a pedir direcciones a un hombre que descansaba junto a la gasolinera: un señor ya grande, de nariz regordeta y profundas líneas junto a los ojos. Él me dijo que por esa misma esquina pasaba un “micro” que me dejaría junto al metro Copilco. Le pregunté cuánto costaba el viaje y él me dijo que cuatro cincuenta, Revisé mi cartera. Cinco pesos. Apenas suficiente. Le dí las gracias y él se subió a otro camión que iba a otro lado. Naturalmente, después de unos cuantos minutos me subí en la primera pesera que pasó.
“¿Va al metro Copilco?”, le pregunté al conductor.”No, CU”, respondió.”Órale, CU”, dije y pagué con mi última moneda.Me tambaleé hasta el fondo del vehículo, y ofrecí un espectáculo de torpeza a todos los pasajeros, pues la marcha intermitente de la pesera y las calles maltrechas por las que pasó superaron por mucho mis esfuerzos cansados por mantener el equilibro. Eventualmente se liberó un asiento en el fondo, y me tiré con el gusto de un ranchero que llega a casa. Esto me ganó algunas miradas de reproche por parte de los demás pasajeros, pero estaba muy cansado como para que me importara. En esos momentos podría haberse subido una viejita embarazada cargando tres niños más y yo no me habría movido.
Durante el viaje me concentré en lo mucho que me dolían los pies, y en el gran alivio que era al fin estar sentado. No me concentré en dónde iba la pesera, pues ya había visto la estación del metro CU y estaba seguro de que no se me pasaría esa construcción enorme. De pronto me di cuenta que la pesera estaba maniobrando por cales estrechas, llenas de gente y carros atravesados, rodeadas por pequeños negocios y edificios derruidos cubiertos de grafitti. La pesera dió una vuelta, luego otra, y otra. Subió una gran calle empinada y luego bajó a gran velocidad por otra. Entonces se me ocurrió que tal vez se me pasó mi parada. Me tambaleé hasta el conductor y le pregunté si ya había pasado el metro CU. “¡Uuf!”, me responde, “Hace mucho que lo pasamos, ¡y te grité cuando pasó!” Las peseras tienen dos operadores, el conductor y una especie de ayudante que administra a la gente. El ayudante comentó “Pos pa’ qué te duermes.” “No te preocupes,” agregó el conductor, “ahorita tomas otro” (de nuevo, sin decir qué), “y llegas a CU.”

Querido lector, en esos momentos no estaba pensando en mi orgullo, y no se me ocurrió que el siguiente intercambio podría ser humillante hasta que lo comenté con un amigo:”¡Ay! Es que no ya no traigo dinero”, le dije al conductor.

“No se preocupe, aquí le digo a un amigo que lo lleve a su parada”, me respondió aquel santo entre los peseros.

Después de unas cuantas cuadras, el conductor detuvo la pesera junto a un camión que iba en dirección contraria, y le preguntó a su conductor si me llevaba hasta el metro. Este otro santo dijo que sí, y salí corriendo para abordar el quinto medio de transporte público que usaba ese día. El camión estaba casi vacío, así que me sentí lo suficientemente seguro como para sacar mi teléfono y consultar el mapa, pero no lo hize. En lugar de eso, me senté en primera fila y esperé a que el conductor dijera que ya habíamos llegado. Cuando estuvimos frente al metro CU, bajé donde el conductor me dijo. Entonces sentí un ataque de duda: a mis lados se extendía la larga y bulliciosa calle por la que el camión se habpia desaparecido, y frente a mí solo veía dos puestos de comida (uno de tacos y otro de frutas) que parecían servir de umbral para otro mercado callejero como ese en el que tanto había sufrido. Tuve un mal presentimiento, pero el día de hoy me había enseñado a desconfiar plenamente de mis instintos, así que obedecí al mapa y me adentré una vez más en una jungla desorganizada de comercio. Esta vez no apreté el paso solo por ver gente borracha, ni me apuré a rebasar familias que comparaban un raspado. Caminé con la multitud, salí a mi tiempo, crucé la calle y me dirigí hacia la enorme estrucura que reconocí como la estación del metro CU. Mientras caminaba hacia las enormes escaleras, me di cuenta que la estación era la misma, pero yo era distinto: a mediodía subí esos escalones como alguien nervioso, apurado, y profundamente incómodo consigo mismo. Ahora, apestando a sudor seco, con la postura encorvada y el paso tambaleante del hombre cansado, era una persona muy diferente. Lo que este viaje me costó en tiempo y esfuerzo me lo pagó en transformación, descubrimiento, redención. Ahora no resaltaba entre las masas agotadas que tomaban el metro, y para cuando tomé las escaleras de la izquierda para salir del metro Copilco mi transformación estaba completa. Era uno más. Me dirigí hacia la derecha de la salida, y a los pocos pasos saqué mi teléfono para comprobar que, sí, en efecto, esta vez me dirigía en la dirección correcta. Caminé esas dos cuadras como un ciudadano más del DF, y ni me sobresalté cuando pasé junto a dos hombres sin camisa practicando una coreografía en un taller mecánico. Lo único que me podría haber distinguido de cualquier otro defeño sería tal vez mi acento del norte. Digo, si tuviera fuerzas o humor para hablar con alguien.

Nunca estuve tan feliz de ver un monumento al imperialismo económico como cuando al fin vi el Wal-Mart de la esquina, mi esquina. Caminé sin sentirlo los últimos cinco minutos y entré a mi complejo habitacional murmurando las palabras que formarían esta entrada.

La última cosa interesante que pasó es que oí unos silbidos mientras me acercaba a mi edificio, y al dar vuelta en una esquina vi a una señora anciana, caminando con la espalda doblada en un ángulo de casi noventa grados, silbando como si buscara una mascota y volteándome a ver con ojos abiertos, enormes y saltones. Me detuve y dejé que continuara su camino, y con horror vi que entraba a mi propio edificio. Me detuve en la entrada en lo que ella tomaba el elevador, y esperé un poco para entrar y llamarlo a mi vez. Mientras esperaba comprobé con nuevo horror que ella se detuvo en mi mismo piso, pero yo estaba demasiado aturdido como para generar cualquier otra reacción, y de todos modos, a la madre, yo me había perdido y encontrado en la Ciudad de México, si la viejita me estaba esperando arriba con la espalda doblada y una tonada siniestra, la haría a un lado como a cualquier otro peatón de la calle Copilco. Cuando llegue a mi apartamento no había nadie, pero su silbido resonaba por todo el edificio. Al entrar, fui directo al refri y me tomé esa bendita Dr. Pepper.
Y ahora ya no tengo con qué acompañar esta Maruchan.

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